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¿Un disco equilibrado?, ¿reposado? Pedro nos explica que
ha querido alejarse de la epidemia que padecemos, del exceso de melismas
exagerados, constantes tan en boga. Por eso, nos canta estas melodías
familiares con sobriedad y hondura a la vez y, al eludir gorgoritos y demás
florituras vocales, su voz sale proyectada clara, fina, tenue, como una
trompeta nocturna de Chet Baker o un lamento agudo de Miles Davis. Pedro
puede cantar lo que quiera, por peteneras si se tercia, y feeling le sale
por cada poro de su piel, de modo que, una vez más, optó por
ponérselo difícil, y aceptó su reto propio de mimar
las canciones, nota a nota, palabra a palabra, modulando serenamente, flotando
sobre las cadencias, viviendo las canciones, su esencia. Sin pretensiones
vanas. El resultado sobrecoge. ¡Qué barbaridad! Los niños
de todos los colegios de España deberían impartir durante
su asignatura musical sesiones frecuentes de este disco para asimilar con
total naturalidad lo básico, los fundamentos de una canción,
de ese flechazo amoroso, mágico que se da entre una letra y una
partitura. Es un disco de jazz, sí, pero abierto, directo, sencillo
y, se prefiere la adjetivación, fácil, muy fácil.
Será complicado que esto lo entiendan muchas cabezas pensantes de
medios institucionales o de comunicación. Pedro lo sabe muy bien
y nada puede hacer al respecto salvo seguir su camino y hacer la música
que y como le pide el cuerpo, lo que sale de sus entrañas. Así suenan
estas canciones. Y cuanto más se escucha, el bello se pone de punta
y la carne de gallina una y otra vez. Es alucinante. Pincha cualquier tema.
Da igual. Escoge. ¿El corte cuatro? ¿16 Toneladas? 16 Toneladas / Sixteen Tons El saxo, el bajo y el
piano arrancan en un tempo de suspense, medio tumbado, y la voz de Pedro,
seguida por el gemido de la armónica, nos empieza a involucrar, a sensibilizar con una
historia real como la mismísima razón de ser del blues. Es
una versión fiel a la adaptación primera y solemne del gran
crooner barcelonés José Guardiola, quien a su vez había
interpretado de manera fidedigna en un castellano escrito por él “este
canto a la batalla minera en Estados Unidos, en los tiempos de aquella
terrible explotación... una canción reivindicativa... blues
del siglo veinte, de la post-revolución industrial... Guardiola
la adaptó de maravilla y nos hizo a todos chascar los dedos con
ese ritmillo tan negro allá por 1959”.
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> Mediterráneo es el himno
cálido de nuestra memoria colectiva interpretado como si de una pieza
de teatro musical se tratara, variando el compás original de cinco
por cuatro (en tres por cuatro y seis por ocho). “Es la gran canción
de un cantautor que tanto nos toca a los de talante meridional”. A
Pedro le costó muchísimo hallar la versión original
de Cuando la ví, que a finales de los 60 había compuesto Manolo
Díaz para el concurso de un joven llamado Dyango en el Primer Festival
del Duero. Una auténtica canción perdida en el tiempo. “Había
un componente americano en el desarrollo melódico y armónico
que me captó desde la primera escucha”. Eres diferente, un éxito de Augusto Algueró que cantó Gelu,
trata de respetar la melodía original. Pedro advierte que ha sido
un tema muy complicado. Seguro, pero, en el intento, en el esfuerzo, le
ha dado la oportunidad de exhibir de modo espontáneo, jocoso su
admirable capacidad de registros y recursos. Esta canción es también
un gran hallazgo arqueológico y el artista se lo pasa en grande
en la parte final. Este Black is black de Los Bravos fue un éxito
internacional, entró en listas en el Reino Unido. Toda Europa lo
bailó. Pedro siempre supo que era un blues en sí mismo. “Le
he quitado el toque rockero de cuatro por cuatro, el golpe pop binario,
para imprimirle el toque shuffle. La melodía y su argumento no pueden
ser más blacky”. En esta onda, el Get on your knees de Los
Canarios, compuesto por Teddy Bautista, - otro éxito que Pedro vivió muy
cerca cuando sustituyó a Teddy durante su servicio militar - conserva
a su modo espíritu de los metales originales sobre la base del piano. ¡Qué temazo!
Nada que envidiar a los grandes clásicos del sonido Motown o Detroit
o a los primeros éxitos del grupo Chicago. El baladón Mona
Lisa, según la sintieron The Blue Diamonds, entronca con el feeling,
con el espíritu coplero, con el bolero mejicano de Consuelo Velásquez,
(Amar y vivir), con el siempre escalofriante Alma, corazón y vida
de Adrián Flores - ¡vaya armónica de Antonio Serrano!
-, tema en el que parece que a Pedro según la va cantando, le va
pasando su vida, toda su carrera, “en diapositivas” que diría
Guillermo Fesser. Bernardo Fuster y Luis Mendo, Suburbano, autores de La Puerta de Alcalá, son artistas muy próximos a Ruy-Blas. Sin ir más lejos, ambos escribieron la letra de Para ser el primero, el tema que abría el anterior disco. Pedro es muy de Madrid. No desentonaría nada de nada ni bolerando en Veracruz, ni batuqueando en Bahia do Salvador, ni blueseando en un honky tonk de Nueva Orleáns, ni escupiendo melismas de soul y gospel en el Teatro Apollo, ni emulando a un par de trompetas en Cotton Club en Harlem... Pero ahí está, ahí le ves... más chulo que un ocho, con más ganas que un toro antes de salir de toriles. Es un monstruo, un monstruo que nos encoge ventrículos, meninges y orejas de un solo suspiro cantado. Que usted, melómano inteligente, lo disfrute como yo. Un abrazo de dieciséis toneladas. Santiago Alcanda, periodista musical
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